Monday, January 07, 2008

El toro y la Gavilana




1° PARTE



LA FIESTA



Impulsado por el emotivo deseo de vivir emociones extraordinarias llegué a este angustioso y fatídico episodio. Todo comenzó con una desenfrenada aventura pasional que sostuve con una mujer hermosa, cautivante y embaucadora, quien me enseño sus peligrosos secretos y me sedujo a practicarlos, a ella le gustaba transformarse en ave, preferiblemente en gavilán, gavilana por supuesto, y salir a hacer de las que ella sabia. Yo en cambio, preferí otras transfiguraciones.
La que les voy a narrar fue la tercera y ultima vez en mi vida que realice este brujesco ritual.


Bien temprano, cogí la botella con ron y la del brebaje, las metí en la mochila, me las eché al hombro y salí caminado del pueblo por el camino del matadero, llegue a la finca de los Meza, un potrero en el que hay bastante ganado, miré a mi alrededor, nadie por ningún lado, todo estaba bien, así que salté la alambrada y caminé hacia un frondoso olivo que estaba a pocos pasos de la cerca. Saqué las botellas de la mochila, las coloque en el suelo y me desvestí, saque la oración del bolsillo de la camisa y destapè las botellas, la del ron la dejè recostada al árbol, lista para beberla al regreso y volver a convertirme en hombre, eché un vitazo mas a la zona, quería ver la aparición de Elsa, mí adorada gavilana. Ella me dijo cuando salí de su casa:


-Ve tranquilo, que yo estaré pendiente de ti, no más que termine de cortar estas telas y salgo volando


De verdad que estaba ansioso y no esperè mas, así que me tomè el brebaje, recé la oración, enseguida sentí retorcijones por todo el cuerpo, la vista se me nublò, todo fue rápido, ya estaba convertido en un robusto toro negro; permanecí inmóvil durante un rato, alcanzaba a verme la punta de los cuernos, menee el rabo y comencé a caminar lentamente hacia donde estaban pastando las hermosas vacas, mis deseadas rumiantes. Volví a echar otro vistazo a ver si veía a mí adorada gavilana; quería que ella viera lo fuerte que estaba, como relucía entre el verde de esta pradera y que viera lo que iba a hacer con las vacas. Pero me ocurrió algo imprevisto, sentí un fragante olor a hierba y me provocó un bocado; así que no lo pensè más y comencé a mascar hierba. Nunca antes en mi vida había comido algo tan delicioso como aquel verde manjar. De esta aventura este fue el único momento de felicidad; el resto, que es lo que les voy a seguir contando, fue un verdadero tormento. Por estar engolosinado comiendo hierba no me di cuenta de donde aparecieron dos veloces jinetes, solo alcance a escuchar el rápido casqueteo de los caballos, cuando levanté la cabeza para ver me callò un lazo en el cuello y enseguida otro; tratè de tirar a ver si podía safarme pero fue inútil; los hábiles vaqueros halaban con fuerza, cada uno por un lado, estaba atrapado, angustiasamente atrapado, cerré los ojos y sacudí la cabeza con fuerza, como cuando uno intenta despertar de una pesadilla, pero fue inútil, seguía allí, y apareció un tercer jinete


_ ¿Y este torazo, de donde salió.? _ preguntò el que llegó.


_No sabemos patrón._ contesto uno de los que me tenia enlazado.


_Revinsenlo a ver que marca tiene. _ ordenò el patrón,


Me estuvieron examinando durante unos momentos,enseguida uno de los vaqueros le informo al patrón:


_Está limpio, es un toro cimarrón.


_Es un regalo que nos mandò Santa Isabel._dijo el patrón _ténganmelo aquí bien amarradito, que este ahora mismo se va para la fiesta.


La angustia que estaba viviendo era indescriptible, y más cuando escuché aquella terrible sentencia: Se va para la fiesta!.


Miraba para todas partes a ver si veía a mi gavilana. Mi angustia fue en aumento, ella no llegò. Al poco rato escuchè el motor de un vehículo que se aproximaba por el camino del matadero, era un camión seiscientos, vinieron tres hombres más, cuando el chofer se bajó lo reconocí, una vez fue al taller donde trabajaba para que le reparara el reloj. En vano intenté forcejear; al rato iba en el camión, rumbo a Santa Isabel.


Cuando el camión entró al pueblo sonaban las campanas de la iglesia y los cohetes de pólvora estallaban en el cielo, me bajaron del camión y me condujeron por un estrecho callejón, luego me metieron en un cubículo. Al lado mío había otro cubículo y otro toro, nos mirábamos por entre las hendijas que había en la separación de las tablas, cada vez que el toro me veía sentía la hermandad transmitida por aquellos ojos nostálgicos. La puerta del fondo se abrió y apareció un toro que traían del ruedo; enlazado, lleno de banderillas en el lomo y sangrante; lo metieron en el cubiculo que estaba al otro lado, jadeaba con dolor y su respiración era agitada, parecía que fuese a reventársele el corazón.


Se escuchaba una banda de música de viento y una algarabía constante.


Así era mi realidad, estaba en la corraleja, listo para salir al ruedo. Aquí me puse a pensar que yo era un ser humano y cuando me echaran al ruedo yo no iba a atacar a nadie, lo que tenia que ver era como salía de esa difícil situación en la que estaba. El tiempo se hizo una eternidad, no sé cuanto había transcurrido cuando abrieron la puerta del cubículo y me azuzaron puyándome por atrás, sentí que me metían fuego, así que me tocó coger el callejón y salir al ruedo.


Ahora la música era mas intensa, las tribunas estaban llenas y había mucha gente en el ruedo, unos tenían mantas, otros palos y la mayoría no tenia nada, corrían de un lado al otro y trataban de incitarme, de pronto vi a uno que era mi posible salvación, un tipo con una botella con ron; era lo que necesitaba, tomar un trago recobrar mi figura humana y salir de ahí; corrí directo hacía el tipo de la botella con ron, cuando el hombre me vio ir hacía donde él corrió y se metió entre el cercado del ruedo. De pronto sentí un fuerte puyazo en las costillas, un vergajo me puyó con un palo, esto me enfureció, así que arremetí contra él, trató de escapárseme, pero lo alcancé por atrás y le di duro, no se si logré meterle un cacho, el desgraciado salió volando y calló en las tribunas. El publico se enardeció con esto, y la verdad, yo también. Entonces vi a un tipo en el centro del ruedo moviéndose de un lado para el otro y tenia una banderilla en cada mano, querían joderme, ya estaba metido en esto hasta los cuernos y yo, Braulio de Jesús Puerta Causado, no estaba dispuesto a dejarme joder; así que arremetí con todo, de frente contra el de las banderillas, estaba seguro que no lo fallaría, mas no se que pasó, no se como hizo el desgraciado pero logró esquivarme y me clavó el par de banderillas en el lomo y esto me ardía y me dolía mucho; en vano traté de sacudirme para que las banderillas cayeran. La música sonó festiva y victoriosa, el público aplaudía y saltaron varios al ruedo con mantas. Querían hacer la fiesta conmigo, querían joderme; durante un momento me quedé pensando: Soy humano y tengo es que salir de aquí, no estar jugando al toro bravo.


Estaba pensando eso cuando de pronto me doy cuenta que entre los manteros se encontraba Clímaco Pérez. Un tipo de mi pueblo que me debía más de una, esta era una buena oportunidad para darle su merecido a ese fantoche. Me fui de frente contra él, fue extraño, pasé como entre una nube negra y se escuchó que gritaron. ¡ole¡ y esto mismo ocurrió tres o cuatro veces y siempre el ¡ole¡ y yo no iba a dejarme joder, así que volví a atacar con más preescisión, pero pasó lo mismo y ¡Ole¡ y el desgraciado de Clímaco Pérez y los demás se fueron tras el cercado. Entonces vi nuevamente al de las banderillas haciéndome visajes en el centro del ruedo. Mi sangre ardía y ese vergajo me las pagaría, sostenía las banderillas en lo alto y se movía como un maricón.- Voy joderlo– pensé, está vez corrí seguro, directo al hombre, y lo mismo, inexplicablemente no se que pasó, pero el hábil banderillero volvió a esquivarme y me clavó un par de banderillas más. El dolor era insoportable, me estaban jodiendo, masacrándome cruelmente.-Van a matarme –pensé- pero antes yo mato a alguno. Estaba listo a embestir cuando escuché el inconfundible graznido de mi gavilana, levanté la mirada, los ojos me ardían por el sudor y me dificultaban la visibilidad, pero logré verla arriba del techo de la corraleja. Por unos instantes quedé inmóvil, mirándola, entonces lanzó otro graznido, los que estaban en el ruedo también miraron hacia arriba y se quedaron observándola. Lo mismo ocurrió con el público en las tribunas. De pronto se lanzó al aire y voló sobre el ruedo, yo la seguí con la vista hasta que se posó en el extremo opuesto de la corraleja. Todos habían quedado en silencio y miraban a la gavilana que me miraba y yo la miraba a ella. Aquí volví a pensar. Soy un hombre, soy un hombre y tengo es que salir de aquí. Eche a caminar hacía el cercado, la música retumbó otra vez en las tribunas, los manteros volvieron con sus mantas y el publico volvió a gritar con euforia; yo hice caso omiso de todo aquello y seguí caminando hacía el borde del ruedo, llegué al cercado, me paré en dos patas, arranqué un par de tablas, salté y corrí por debajo de las tribunas hasta que hallé una salida. Corrí por una calle arenosa, una turba salió tras de mi, corrí seguro hacía la salida del pueblo por lo que yo conocía sus calles, casi saliendo del pueblo en un patio que tenia el portón abierto, había un borracho sentado en un taburete y a un lado tenía una botella con ron, no lo pensé dos veces, creo que el borracho se desmayó al verme caminar directo hacía él, actué rápido, sujeté la botella con las patas delanteras, con la boca, le di vuelta a la tapa, la quité y me empiné un gran trago. Cuando la turba apareció gritando ya yo estaba convertido en hombre, completamente desnudo y recostado a la silla del borracho.


-¿Un toro, -preguntó uno de los de la turba - por aquí entró un toro?.


-Este es el toro– contestó el borracho cabeceándose y señalándome a mi.


-Par de maricas hijueputas.- dijo otro y la turba siguió de largo.


Y en ese momento fue que sentí que aún tenia clavadas en la espalda esas terribles banderillas que me estaban comenzando a matar. Sentí que iba desfallecer, en eso llegó Elsa, mi adorada gavilana.




2° parte

EL RESCATE





Acababa Braulio de salir de mi casa hacía unos instantes, ya estaba casi lista para ir tras él, cuando se presentó doña Isolina Suárez, una de mis mejores clientes, me había mandado a hacerle un vestido, ya estaba listo y colgado en el ropero donde coloco los trabajos que ya he terminado, por esto me fue imposible inventarle alguna excusa, me quitó mucho tiempo, se midió el vestido. se miró en el espejo de arriba abajo, al derecho y al revés, me preguntó por unas telas que a ella le gustaban, le llamó la atención mi nueva fileteadora, comentó otras cosas más y por fin se fue.


Salí casi corriendo al patio, tomé el brebaje, resé la oración y en unos instantes ya era una gavilana, enseguida alce el vuelo. Braulio me había dicho que iba para el potrero de los Meza. Cuando llegué al sitio iba saliendo un camión rojo con un toro negro. Volé sobre la finca y sus alrededores y no vi a Braulio por ninguna parte, regresé a la salida del pueblo, por ahí había un salón de billar al que a Braulio le gustaba entrar, desde lo alto de un trupillo que está al frente eché un vistazo, nada, estuve viendo por ahí hasta que decidí regresar por el potrero.


Volaba bordeando el camino, de pronto descubrí algo que yo misma hice, recostada a un almendro estaba la ropa de Braulio, descendí al lugar, ahí estaba todo puesto sobre sus zapatos, la mochila, la camisa de dacrón azul cielo, el pantalón blanco, el reloj y las dos botellas, la de ron y la del brebaje.


-Tiene que estar por aquí- pensé.


Así que levanté otra vez el vuelo y comencé a buscar nuevamente, ahora observaba todo minuciosamente, solo había vacas y novillos; y en un corral cerca de la casa de la finca estaban unos toros pastando, me acerqué, lancé unos graznidos, Braulio no estaba entre esos toros mansos. Aquí fue que me acordé del camión rojo que iba saliendo de la finca cuando llegué la primera vez, recordé el camión rojo que llevaba al toro negro, un toro negro, podía ser, si, tal vez, si, si podía ser, tal vez era Braulio, no lo pensé más, y alcé el vuelo hacia Santa Isabel. Durante el recorrido solo pensé en el camión rojo y el toro negro, fue una idea fija que me obsesionó hasta que llegué a Santa Isabel.


Las fiestas estaban en uno de sus mejores momentos, iban sacando la imagen de la santa de la iglesia para la procesión, así que me tocó volar con mucho cuidado para no ser alcanzada por uno de esos zumbantes cohetes de pólvora que pasaban cerca de mí y estallaban muticolormente en el cielo


Uno de los motivos por los que prefiero convertirme en gavilana es por la privilegiosa capacidad visual que se alcanza, me elevé sobre el centro del pueblo y desde ahí divisé todo el pueblo y vi lo que tenía que ver, el obsesionante camión rojo, estaba estacionado en el parqueadero de la corraleja, apreté las alas contra el cuerpo y me lancé en vertiginosa picada, llegué en el momento en el que al toro negro le clavaban un par de banderillas en el lomo, me posé sobre el techo y lancé un largo graznido, el toro me miró enseguida, le lancé otro graznido, me siguió mirando fijamente y ya no lo dudé ni un segundo, era Braulio. Fue muy doloroso para mi verlo así, en medio de esa corraleja, acosado por todos, con cuatro banderillas en el lomo y la gente festejando su dolor, no sabia que hacer, lo único que se me ocurrió fue volar hacia el extremo opuesto de donde estaba, ésta acción sirvió mucho, porque todos en la corraleja se fijaron en mi, un silencio de asombro se apoderó de todo y Braulio cambió de actitud, se fue caminando hacia la cerca, arrancó un par de palos y salió corriendo por un callejón seguido por una desenfrenada multitud de enardecidos hasta el sitio donde lo encontré casi muerto, desnudo junto a un borracho y con el rostro lleno de lagrimas, me posé junto a él, lo miré al rostro, en ese momento el borracho abrió los ojos, miró a Braulio y luego a mi, enseguida di una saltadita y con el pico le señalé a Braulio el ron, inmediatamente me entendió, ahuecó su mano derecha y echó un poco, bebí y listo, tocó así, cuando el borracho me vio convertida en mujer se desmayó o se murió, que se yo, a mi me interesaba mi Braulio. Pobre Braulio, en ese momento fue que me di cuenta que aún tenia esas fatales banderillas en la espalda. Con el dolor del alma para él y para mi, me tocó arrancárselas a tiranazos.



Por fortuna en ese patio había ropa tendida en una cuerda secándose al sol, no tuve mas que hacer, no había de otra, ahí estaba la ropa y nosotros estábamos desnudos, rápidamente salimos de aquel lugar. A Braulio le tocó ir abrazado a mi para apoyarse, estaba mal por las sangrantes heridas en la espalda. A pocas cuadras de ahí vivía una colega mía de las artes, ella nos ayudó mucho, por la noche ya tenía a Braulio en mi casa, me dediqué a curarle las heridas, más tarde vino Guillermina, una enfermera amiga mía, le puso una inyección y le dio unas pastillas para el dolor, sin embargo Braulio se quejó toda la noche, decía que tal vez se le había quedado una puya de las banderillas adentro.


-Es el maltrato - le dije- las banderillas salieron completas. –


Por la tarde del día siguiente Braulio estaba peor, las heridas le supuraban materia y se le habían ennegrecido muy feas. Guillermina me dijo que lo mejor era que lo llevara al hospital en Santa Isabel. En el camino le dije a Braulio que dijera que esas heridas se las había hecho de manera accidental mientras hacía un trabajo en casa con una tabla que tenía unos clavos. Lo recibieron de urgencia. Cuando llegamos al hospital Braulio deliraba de la fiebre tan alta que tenía, yo misma le dije al doctor que nos atendió lo que le había pasado con la tabla con los clavos.


-¿Porque no lo trajo ayer mismo? - me preguntó el doctor.


-Pensé que se mejoraría con las curas que le hice.-


- Por usted estar pensando mire lo mal que está este pobre hombre, parece que se le hubiese gangrenado la espalda, espere afuera, tendremos que examinarlo cuidadosamente y hacerle pruebas de laboratorio.-


Cuando salí a la sala de espera entré en una profunda tristeza, ese doctor tenía razón, Braulio de verdad estaba mal, muy mal. Ya eran como las siete de la noche cuando salió el doctor y me dijo que el hombre estaba mejor, le habían bajado la fiebre y se había quedado dormido y que si quería me podía ir para mi casa y regresar por la mañana.


La noche la pasé donde mi amiga en Santa Isabel. tuve pesadillas feas, muy feas, no quiero recordarlas.


Al día siguiente regresé al hospital bien temprano, una enfermera me recibió diciéndome.


-Su marido está grave, es un caso extraño. –


-¿ Que tiene ¿ -le pregunté.-


-Ahí viene el doctor, él mismo le dirá. –


-¿Que tiene mi marido doctor? –


-Venga señora entre a mi consultorio, siéntese. –


Yo estaba angustiada, un frió de miedo me subía desde los tobillos


- No sabemos lo que le ha pasado a su marido, lo tenemos en cuidados intensivos.-


- ¿ Pero que es lo que tiene?




- Señora, lo que le voy a decir es muy grave, a su marido inexplicablemente le han salido gusanos en la espalda, una gusanera igual a la que le cae al ganado.-


No se como no me privé cuando el doctor me dijo aquello tan horrible.


-Haremos todo lo posible por salvar su vida, ahora mismo vamos a operarlo.-


Después de hacerme firmar una hoja en la que yo autorizaba la operación, me dijo.


-Señora por favor espere afuera y rece, que esto queda en manos de un ser superior a nosotros.


Yo no esperé afuera, ni me quedé rezando, me fui para donde mi colega en Santa Isabel, y de ahí salí volando para donde el Maestro en la montaña. Cuando llegué el Maestro estaba preparando una pócima verde y oscura, enseguida le conté lo de Braulio, me escuchó con toda la calma del mundo, de vez en cuando se tacaba el bigote y se pasaba la mano por la cabellera, cuando terminé de contarle me dijo.


- Más de una vez te advertí de éste hombre y su falta de control emocional, aún no estaba preparado para las transfiguraciones. Por tu necedad ahora el tipo ésta en el umbral de la muerte, Intentaré hacer algo por él. -


No le contesté nada al maestro, de verdad me sentía culpable, él tampoco me dijo más nada, se sentó en su banco de cuero, prendió un tabaco y cerró los ojos.


El Maestro tiene un secreto con el que es capaz de curarle una gusanera a una vaca sin moverse de ahí, vasta que le digan donde está el animal, así que yo confiaba que curara a mi Braulio, no se cuanto tiempo pasó, hasta que el maestro abrió los ojos, me miró fijamente y me dijo:


-Ya nada podemos hacer mujer, el hombre se ha ido de está dimensión, ha muerto.


Juan Miranda

Thursday, October 26, 2006

Francesco Vitola Rognini


Recordar no estar a la sombra de ningún escritor

En otros días esto fue un paraíso. Hoy es una ciudad sin vida cultural. Días calidos y noches frescas. Pocos ingresos, pocos gastos. Sueños que comienzan en este escritorio, en este apartamento de alquiler.

El piso consta de un balconcillo de tres metros por dos donde tengo el escritorio, una habitación grande con aire acondicionado, una cocina de unos diez metros de largo por dos de ancho, un baño, y un cuarto de huéspedes con dos literas. Tengo un trabajo mediocre en un diario local.

Escribo cuentos que voy acumulando como compañías sentimentales que pasan, y que luego de terminar se dejan en el recuerdo. No tengo una compañera única desde hace un par de años, cuando mi mujer de la época me dejó por otro. Opté por viajar e intentar olvidarlo, pero un hijo en común era mi única razón de vida y entre un trabajo y otro regresaba a verlo cada dos meses.

Hubiese deseado hacerme cargo de el tiempo completo, pero no solo se buscó otro compañero, también se quedó con mi hijo. Y luego quedó embarazada. Sería una tristeza, una crueldad aún peor que quitarlo de mi lado. Yo no podría alejarlo de su hermano. Estoy jodido.

Estuve en Europa y en Estados Unidos, la excusa era el periodismo, pero siempre seguía por la narrativa. Cumplía mi trabajo y cuando no había que hacer escribía mis historias. Conocí un par de mujeres especiales en mis días de viajero, pero cada año que pasaba era más evidente la necesidad de estar cerca de mi hijo, y aunque la ciudad desde donde escribo no está cerca, sigo estando en el mismo país y cada vez que puedo lo voy a visitar. O viene el.

He intentado recuperarme de este golpe de la vida, pero para lo único que me ha servido es para escribir con más melancolía que antes. Intenté vivir en la misma ciudad donde ellos viven, y lo intenté también en una ciudad no muy lejana en automóvil. Pero me di cuenta que necesitaba irme a una distancia prudente y de clima caliente. El frío me deprime más, y con las noches frescas tengo suficiente.

La mañana que llegué a esta ciudad, a este barrio junto al mar, busqué un apartamentito que me recomendaron. Vine en mi Chevrolet Sprint rojo, el viejo “Red” le llamo. De equipaje un maletín de mano lleno de ropa, y dos maletines de trabajo, en uno traía la cámara de video y en otro el portátil. También llevaba un pequeño mercado de enlatados, y bebidas frías en la nevera repleta de hielo, que coloqué en el suelo, delante del asiento del copiloto.

Después de limpiar y cerciorarme de que el teléfono funcionaba me di una ducha, y después salí a dar una vuelta por el barrio.

Era cerca de las cinco de la tarde, martes, y el día siguiente a primera hora me esperaban en el trabajo. Estuve en la playa hasta que se hizo de noche. Fueron un par de horas de descanso, recordar, y organizar ideas. Esa noche llamé a las personas que conocía en la ciudad. Quedamos en vernos en los días sucesivos. Luego poco a poco me fui habituando al ritmo de vida y antes de darme cuenta llevaba un año pagando alquiler en el mismo sitio.

Cuando escribo estas líneas, volando de nuevo con la energía del recuerdo, recién he llegado de un viaje eco turístico. Tres días de camping en un parque natural, donde conocí una mujer alucinante. Increíble y casi perfecta, lo que la hace perfecta.

Era la última tarde, a la mañana siguiente regresaría a El Rodadero, el barrio donde vivo. Estaba descansando bajo la sombra de una palmera y pasó ella delante de mí. El sol era tan fuerte que yo descansaba con los ojos cerrados.
Ella dijo algo y yo abrí los ojos. Era un acento extranjero, no era latinoamericana. La miré como pude, con un ojo abierto y otro a la mitad. No dije nada y ella repitió las palabras: “¿Hay un lavabo cerca?” Sonreí ante lo inocente del mensaje, y que tuviera la personalidad de preguntarle esto a un hombre.
Le dije que no había baños, que lo más parecido eran esas cosas que veía ahí, unas cajas de madera sin techo, dentro de las que había inodoros, sucios como lo que contenían habitualmente.
Dio las gracias y aunque permaneció un momento contemplando la imagen de las cajas de madera bajo un palo de mango centenario, se encaminó con su mochila de excursionista a cuestas.
Empujó la puerta, hecho una mirada y sin mirar atrás entró. Yo regresé a mi descanso pensando que su novio estaría cerca, mujeres así de guapas no andan solas por tierras extranjeras.
Si estuviese con otras mujeres lo hubiese llegado a pensar. Pero ahora seguro se perdería en la selva por la que salió buscando un baño. Siempre es más segura la playa que el monte para echar una meada o agacharte por ahí.

Deberían ser las cuatro de la tarde o un poco más tarde, el sol se despide con fuerza, y el apetito se había abierto. Al medio día había comido pescado asado con leña, salsa de jalapeños y papas cocidas.
Había guardado en un caldero un pescado entero y unas papas, y lo había dejado junto al fuego, que ya a esta altura del día debía estar apagado. Me levanté para recalentar la comida y dejar todo limpio antes de la noche.
Al girar estaba ella mirándome. - Tengo unas alubias rojas, pero no tengo fuego; he caminado todo el día y recién llego. Imagino que esas cosas que estás ahí detrás son tuyas, el maletín, la ropa colgada en la cuerda, y el fuego. ¿Haces fuego y yo te invito a comer?

Mujer observadora, pensé, me caerían bien unos fríjoles, y después de todo iba a hacer fuego, seguro a ella le encantaría un poco de pescado. - “! Claro, eso mismo iba a hacer, tengo un pescado asado, con salsa de jalapeños y papas cocidas!, ¡buenos que te cagas!”

Ella rió, entendiendo que yo sabía de donde venía. Estaba hambrienta y los dos comimos como salvajes. Luego lavamos los trastos sucios en la orilla del mar, usando como jabón la arena y como luz el atardecer, que era un hilo naranja para cuando terminamos.
Durante la noche, que se hizo profunda a las nueve, hablamos de ella y de mí.

Le pasé un papel con los datos de donde vivía, y le dije que me gustaría me visitara. Cuando me dijo que era periodista de viajes y que su mayor deseo era la narrativa, yo solo pude sonreír. Hablamos hasta que los dos troncos grandes comenzaron a perder luz.

A la mañana siguiente se despidió temprano, y se fue por el sendero de arena, lentamente, sin mirar atrás, y en un recodo del camino la selva pareció devorarla. Cuando salía del parque nacional esa tarde, escuché que en la zona se habían perdido un par de mujeres extranjeras.
Solo puede pensar en ella. Ahora solo espero que llegue a casa y toque mi puerta. Que al abrirla su mochila esté en el suelo y que desee pasar una temporada conmigo. Ya va siendo tiempo de pensar en el futuro y organizar las cosas.
Se hace de noche de nuevo y ya veo que será otra noche de trasnocho, de insomnio, de lectura. Pero hoy se lo que quiero, y esos rasgos que están en mi memoria los seguiré buscando.
Está viva y si no es ella, será otra. No son solo los rasgos físicos, esos ojos grandes y oscuros y expresivos, cuerpo de mujer gloriosa y de reina, con ese cabello negro y otros detalles más, que me guardo para mí.
Lo que buscaré también es la simpleza, la sinceridad con que soltaba maldiciones y reflexiones, consejos y preguntas. Tal vez ella se pierda en los brazos de la selva, o en los brazos de algún otro, pero ya sé que buscaba en ese viaje, no cualquier mujer, buscaba una mujer como esa.
Ahora releo estas líneas mientras espero una buena compañía. Lo he contado como deseo recordarlo.

Septiembre 19 de 2006

Tuesday, October 03, 2006

TOMAS BETIN


Por Carlos Polo

Mi susodicha Susana, desdicha de mi razón, cuando se fue de su casa, en mi casa encontró un colchón.

Tomás se atrinchera detrás de su piano, arranca el sensitivo viaje por los bordes blanco y negros que sudan las notas de un ¿folk?, quizás un rock, o a lo mejor las teclas furiosas, envenenadas, transpiran un poco de latin.

En mi cocina Tres Esquinas, en mi oficina su hoja de vida. Manzana Susana, pecado dulce de cama.

Tomás Betín es periodista de profesión, bebedor de oficio, militante de sueños, se acomoda su miopía con la mano derecha para que no se le caiga mientras toca, por arte de magia se le desvanece la timidez y enseña los dientes, porque cuando toca es un perro rabioso, un filoso colibrí que canta a las flores, al amor, ese, el carnal, el de los cuartos de hotel, de esos que no alcanzan la navidad, que divagan, que pasan como una tempestad.

Tomás es un batallador de las palabras, las sabe arrullar, jugetear con ellas, incluso disparar si es preciso, un poetamúsico o viceversa, un bacán, un tranquilo, un hijo de Charly, de Fito, Sabina, Spinetta, de las murallas, del trópico, del Joe y Totó, Vives y Distrito, del Bullerenge, y el Chandé.

Tomás es un mango biche que explota en el oído como un coctel, es resistencia y conciencia social, lírica dolida, es un viernes 13 por la tarde, lluvia resbalando con horror, la canción para Garzón.Su sana piel de chocolate me late.

Susana por no estar, está junto a mí. Susana, mojada brisa de enero. Su sana forma de darme su amor.

Betín toca desde que su tarjeta medía escasos doce, y ya armaba jaleo con el bajo, afilaba los dientes del piano, y toqueteaba la guitarra a falta de una niña. Será por su compulsión de dipsómano que su primera banda tomó por nombre Bar y graban un disco que titulan ¡Oh Gloria!

Como buen iconoclasta se burla de los símbolos, en esta ocasión parodia al himno, se dan a conocer en la engallada Ca’tagena así sin r, con sus torres, sus botas y su champeta. Ésta recibe a su hijo con desconfianza por aquello de “eche Tomá y po’qué no haces otra vaina, con más sabor, po’ qué ese que cule montón de guitarras locas”.

Afortunadamente la historia premia a los tercos y la canción Viernes 13, una linda crónicacuarela sobre la fatídica y triste muerte de Garzón, suena y bien por allá en la nevera: El viernes y el frío amanecían, la lluvia resbalaba con horror, la capital desierta que dormía, con sangre hubo de recibir al sol, y qué más da, si la historia se repite una vez más, si todos saben que la muerte es oficial, si todos sienten el temblor de la ciudad.

Ya con algún reconocimiento en la capital y desde luego en su terruño, el Bar cierra, sus socios se van en desbandada por los derroteros de la vida, algunos al trabajo, a producir, a la rutina de las clases en la u. Betín, testarudo y con su pinta de ingeniero de sistemas con un dejo de intelectual redomado, se entrega a la ardua tarea de continuar con su maleta de sueños él solo, prosigue con su lucha, capeando entre escépticos, djs de emisoras juveniles esclavos de la payola, con la sensibilidad metida entre la marquilla de sus jeans, entre niñas comunicadoras obsesionadas con la celulitis, Ricky Martin y la boda de Brad Pitt. El pequeño guerro de los lentes no claudica y, entre mayo y abril del 2005, saca el trabajo discográfico que hoy nos ocupa, titulado Su sana forma de darme su amor, otro ecléctico paseo por los aires del jazz, el funk, un poco de aquí y de allá.

Mi suscrita Susana, cripta de mis heridas, dolor del cura y su hermana, locura y derroche de primas.

Los afectos de Tomás transitan entre Bukowski, The Beatles, Lavoe, Borges, Blades, Rimbaud, Los Stones, algo del buen Suku Afro Antillano y esto se manifiesta claramente en sus poemas musicados, en sus crónicas urbanas aguitarradas, en su festiva forma de darnos lo que lleva dentro, con toda la honestidad de sus sueños melódicos.Lolita de escuela, peluche, corazón y esquela.

Susy, Susa, Susana… perfume tibio de almohada.

Nos presenta este trabajo terminado con esfuerzo, con clase, con calidad, con huevos, con sincero atrevimiento, a todos sus amigos del Caribe, a los del Bar Quilla, a los Ca’tageneros, a los de la Santa Marta, a los colombianos, una alternativa en este espectro saturado, sobrepoblado de tanto mamita vente pa’ ca’, menéalo, jo, jo, jo, jo, duro papi, más duro.

Propuestas como las de Betín se hacen indispensables e indiscutiblemente necesarias, porque rescatan, porque refrescan.Susana, deja vu, groupie y rock n’ roll. Susana, labios de novia de aquél. Susana, ángel caído en subida. Su sana forma de darme su amor.Tomás abandona el teclado y con su andar parsimonioso sale al calor de Manga, preparado para el toque de esta noche.¡Bacano viejito y pa’ lante! En hora buena pariste este regalo que hoy suena en mi reproductor de audio. ¡Buen viento y buena mar!

Contacto: http://www.tomasbetin.com

Celular: 31036957830057 /// fijo: 0057- 1 - 2846181
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