
2° parte
EL RESCATE
Acababa Braulio de salir de mi casa hacía unos instantes, ya estaba casi lista para ir tras él, cuando se presentó doña Isolina Suárez, una de mis mejores clientes, me había mandado a hacerle un vestido, ya estaba listo y colgado en el ropero donde coloco los trabajos que ya he terminado, por esto me fue imposible inventarle alguna excusa, me quitó mucho tiempo, se midió el vestido. se miró en el espejo de arriba abajo, al derecho y al revés, me preguntó por unas telas que a ella le gustaban, le llamó la atención mi nueva fileteadora, comentó otras cosas más y por fin se fue.
Salí casi corriendo al patio, tomé el brebaje, resé la oración y en unos instantes ya era una gavilana, enseguida alce el vuelo. Braulio me había dicho que iba para el potrero de los Meza. Cuando llegué al sitio iba saliendo un camión rojo con un toro negro. Volé sobre la finca y sus alrededores y no vi a Braulio por ninguna parte, regresé a la salida del pueblo, por ahí había un salón de billar al que a Braulio le gustaba entrar, desde lo alto de un trupillo que está al frente eché un vistazo, nada, estuve viendo por ahí hasta que decidí regresar por el potrero.
Volaba bordeando el camino, de pronto descubrí algo que yo misma hice, recostada a un almendro estaba la ropa de Braulio, descendí al lugar, ahí estaba todo puesto sobre sus zapatos, la mochila, la camisa de dacrón azul cielo, el pantalón blanco, el reloj y las dos botellas, la de ron y la del brebaje.
-Tiene que estar por aquí- pensé.
Así que levanté otra vez el vuelo y comencé a buscar nuevamente, ahora observaba todo minuciosamente, solo había vacas y novillos; y en un corral cerca de la casa de la finca estaban unos toros pastando, me acerqué, lancé unos graznidos, Braulio no estaba entre esos toros mansos. Aquí fue que me acordé del camión rojo que iba saliendo de la finca cuando llegué la primera vez, recordé el camión rojo que llevaba al toro negro, un toro negro, podía ser, si, tal vez, si, si podía ser, tal vez era Braulio, no lo pensé más, y alcé el vuelo hacia Santa Isabel. Durante el recorrido solo pensé en el camión rojo y el toro negro, fue una idea fija que me obsesionó hasta que llegué a Santa Isabel.
Las fiestas estaban en uno de sus mejores momentos, iban sacando la imagen de la santa de la iglesia para la procesión, así que me tocó volar con mucho cuidado para no ser alcanzada por uno de esos zumbantes cohetes de pólvora que pasaban cerca de mí y estallaban muticolormente en el cielo
Uno de los motivos por los que prefiero convertirme en gavilana es por la privilegiosa capacidad visual que se alcanza, me elevé sobre el centro del pueblo y desde ahí divisé todo el pueblo y vi lo que tenía que ver, el obsesionante camión rojo, estaba estacionado en el parqueadero de la corraleja, apreté las alas contra el cuerpo y me lancé en vertiginosa picada, llegué en el momento en el que al toro negro le clavaban un par de banderillas en el lomo, me posé sobre el techo y lancé un largo graznido, el toro me miró enseguida, le lancé otro graznido, me siguió mirando fijamente y ya no lo dudé ni un segundo, era Braulio. Fue muy doloroso para mi verlo así, en medio de esa corraleja, acosado por todos, con cuatro banderillas en el lomo y la gente festejando su dolor, no sabia que hacer, lo único que se me ocurrió fue volar hacia el extremo opuesto de donde estaba, ésta acción sirvió mucho, porque todos en la corraleja se fijaron en mi, un silencio de asombro se apoderó de todo y Braulio cambió de actitud, se fue caminando hacia la cerca, arrancó un par de palos y salió corriendo por un callejón seguido por una desenfrenada multitud de enardecidos hasta el sitio donde lo encontré casi muerto, desnudo junto a un borracho y con el rostro lleno de lagrimas, me posé junto a él, lo miré al rostro, en ese momento el borracho abrió los ojos, miró a Braulio y luego a mi, enseguida di una saltadita y con el pico le señalé a Braulio el ron, inmediatamente me entendió, ahuecó su mano derecha y echó un poco, bebí y listo, tocó así, cuando el borracho me vio convertida en mujer se desmayó o se murió, que se yo, a mi me interesaba mi Braulio. Pobre Braulio, en ese momento fue que me di cuenta que aún tenia esas fatales banderillas en la espalda. Con el dolor del alma para él y para mi, me tocó arrancárselas a tiranazos.
Por fortuna en ese patio había ropa tendida en una cuerda secándose al sol, no tuve mas que hacer, no había de otra, ahí estaba la ropa y nosotros estábamos desnudos, rápidamente salimos de aquel lugar. A Braulio le tocó ir abrazado a mi para apoyarse, estaba mal por las sangrantes heridas en la espalda. A pocas cuadras de ahí vivía una colega mía de las artes, ella nos ayudó mucho, por la noche ya tenía a Braulio en mi casa, me dediqué a curarle las heridas, más tarde vino Guillermina, una enfermera amiga mía, le puso una inyección y le dio unas pastillas para el dolor, sin embargo Braulio se quejó toda la noche, decía que tal vez se le había quedado una puya de las banderillas adentro.
-Es el maltrato - le dije- las banderillas salieron completas. –
Por la tarde del día siguiente Braulio estaba peor, las heridas le supuraban materia y se le habían ennegrecido muy feas. Guillermina me dijo que lo mejor era que lo llevara al hospital en Santa Isabel. En el camino le dije a Braulio que dijera que esas heridas se las había hecho de manera accidental mientras hacía un trabajo en casa con una tabla que tenía unos clavos. Lo recibieron de urgencia. Cuando llegamos al hospital Braulio deliraba de la fiebre tan alta que tenía, yo misma le dije al doctor que nos atendió lo que le había pasado con la tabla con los clavos.
-¿Porque no lo trajo ayer mismo? - me preguntó el doctor.
-Pensé que se mejoraría con las curas que le hice.-
- Por usted estar pensando mire lo mal que está este pobre hombre, parece que se le hubiese gangrenado la espalda, espere afuera, tendremos que examinarlo cuidadosamente y hacerle pruebas de laboratorio.-
Cuando salí a la sala de espera entré en una profunda tristeza, ese doctor tenía razón, Braulio de verdad estaba mal, muy mal. Ya eran como las siete de la noche cuando salió el doctor y me dijo que el hombre estaba mejor, le habían bajado la fiebre y se había quedado dormido y que si quería me podía ir para mi casa y regresar por la mañana.
La noche la pasé donde mi amiga en Santa Isabel. tuve pesadillas feas, muy feas, no quiero recordarlas.
Al día siguiente regresé al hospital bien temprano, una enfermera me recibió diciéndome.
-Su marido está grave, es un caso extraño. –
-¿ Que tiene ¿ -le pregunté.-
-Ahí viene el doctor, él mismo le dirá. –
-¿Que tiene mi marido doctor? –
-Venga señora entre a mi consultorio, siéntese. –
Yo estaba angustiada, un frió de miedo me subía desde los tobillos
- No sabemos lo que le ha pasado a su marido, lo tenemos en cuidados intensivos.-
- ¿ Pero que es lo que tiene?
- Señora, lo que le voy a decir es muy grave, a su marido inexplicablemente le han salido gusanos en la espalda, una gusanera igual a la que le cae al ganado.-
No se como no me privé cuando el doctor me dijo aquello tan horrible.
-Haremos todo lo posible por salvar su vida, ahora mismo vamos a operarlo.-
Después de hacerme firmar una hoja en la que yo autorizaba la operación, me dijo.
-Señora por favor espere afuera y rece, que esto queda en manos de un ser superior a nosotros.
Yo no esperé afuera, ni me quedé rezando, me fui para donde mi colega en Santa Isabel, y de ahí salí volando para donde el Maestro en la montaña. Cuando llegué el Maestro estaba preparando una pócima verde y oscura, enseguida le conté lo de Braulio, me escuchó con toda la calma del mundo, de vez en cuando se tacaba el bigote y se pasaba la mano por la cabellera, cuando terminé de contarle me dijo.
- Más de una vez te advertí de éste hombre y su falta de control emocional, aún no estaba preparado para las transfiguraciones. Por tu necedad ahora el tipo ésta en el umbral de la muerte, Intentaré hacer algo por él. -
No le contesté nada al maestro, de verdad me sentía culpable, él tampoco me dijo más nada, se sentó en su banco de cuero, prendió un tabaco y cerró los ojos.
El Maestro tiene un secreto con el que es capaz de curarle una gusanera a una vaca sin moverse de ahí, vasta que le digan donde está el animal, así que yo confiaba que curara a mi Braulio, no se cuanto tiempo pasó, hasta que el maestro abrió los ojos, me miró fijamente y me dijo:
-Ya nada podemos hacer mujer, el hombre se ha ido de está dimensión, ha muerto.
Juan Miranda